“En estas elecciones a mí me tocó llevar las cuentas del candidato y administrar los dineros durante la campaña”, comenzó N. Abrió su computadora y conectó un cable para proyectar sobre la pared blanca un documento de Excel que se dividía en tres grandes columnas.

“La primera columna, como pueden ver, enlista todos los conceptos. Están los gastos de propaganda: gorras, mochilas, mandiles, pulseras; los de difusión, como las inserciones en periódicos y la producción de videos; el gasto en redes sociales –casi todo fue pago a influencers para que publicaran sobre el candidato–; los operativos, es decir, los sueldos, los mítines y los camiones para transportar al equipo y a los acarreados, finalmente, está el gasto en abogados, porque hay que tenerlos al tiro antes, durante y después de las elecciones.” 

Ilustración: Patricio Betteo

“En la segunda columna está lo que dijimos que gastamos. Hay cosas que –obvio– tienen que reportarse. Porque se ven, como los espectaculares o las bardas. Pero hay conceptos que uno puede dejar en ceros”, y con el apuntador señaló algunas filas del documento. “¿Yo para qué necesito reportar que compré servilleteros o mandiles? Esos los entregas a las personas en sus casas y jamás salen a la calle con ellos, entonces es muy difícil que te los encuentre el INE y si llegara a ver uno o dos, ¿cómo podría saber cuántos hicimos en realidad?”

“En la tercera columna –ahora sí– está lo que de verdad pagamos por cada cosa”. Como si fuera la exposición ante un salón de clases, N se aclaró la garganta y explicó: “lo primero es que hay un sub-reporte en unidades. Yo le digo al INE que el partido mandó a hacer mil banderas y se las compruebo, pero en realidad me hicieron 10 mil; si se paran en un mitin y ven unas cuantas, ¿cómo van a saber que son otras diferentes a las que ya declaramos? Lo segundo es que los precios son diferentes. Una pinta en una barda se reporta en unos 400 pesos. Si el INE va y revisa con los proveedores para armar su matriz de precios, eso es lo que les van a decir que cuesta, pero en realidad se pagan como en mil pesos. Ya por último están todos los rubros que ya sabemos que no van a encontrar o que tenemos que esconder, como el dinero que se paga a la estructura de tierra que se encarga de movilizarte a toda la gente y que se reporta en ceros porque –en teoría– no existe”.

Por motivos de seguridad, la cantidad precisa que N reportó y gastó no puede ser revelada, pero, con fines informativos, podemos decir que la cantidad total que declaró ante la autoridad fueron 100 pesos y, a partir de esa cifra, transformó todas las demás de manera proporcional. Así, la conclusión de la exposición fue más o menos como sigue: “mi tope de gastos de campaña era de 500 pesos. El gasto que iba a reportar ya estaba muy trabajado para que todo cuadrara y me diera que gastamos 100 pesos, es decir, usamos sólo 20% del total que podíamos y nos ajustamos a la ley, esa es como nuestra contabilidad A. La otra –la B–, la que de verdad importa, suma unos 2,900 pesos”. N guarda silencio y nos deja asimilar todo lo que nos acaba de explicar. Después de unos segundos comenzamos a comprender la dimensión de lo que habíamos escuchado: en esa sola campaña se habían gastado 29 veces más de lo que habían reportado a las autoridades y todo estaba perfectamente acomodado en una inocente tabla de contabilidad que, resumida, se veía así:

Gasto reportado y gasto real por el operador político N

CONCEPTO

GASTO REPORTADO

GASTO REAL

GASTOS DE PROPAGANDA

$18.6

$483.1

GASTOS OPERATIVOS

$40.5

$1,373.6

GASTOS DE PROPAGANDA EN MEDIOS DE COMUNICACIÓN

$12.6

$530.2

GASTOS EN REDES SOCIALES

$28.2

$293.7

SERVICIOS LEGALES Y ADMINISTRATIVOS

$0.0

$293.7

TOTAL

$100.0

$2,974.3

Bajo la condición de anonimato en algunos casos, y en otros sin ninguna restricción, logramos entrevistar a más de 60 personas (desde ex candidatos presidenciales hasta empresarios, pasando por operadores políticos) que nos ayudaron a echar luz sobre el fenómeno del financiamiento ilegal de las campañas políticas en México. Juntando este conocimiento con una investigación a partir de diversos datos como los reportes de gastos, los resultados de la fiscalización del INE o el flujo de dinero en efectivo en la economía, en junio de 2018 presentamos una primera versión de nuestros hallazgos en un reporte titulado Dinero Bajo la Mesa, en el que uno de los datos más contundentes fue que por cada peso que reportaban los candidatos, en promedio había 15 pesos que se gastaban de manera clandestina. Sin embargo, esta primera versión no incluía los datos de las elecciones de 2018 y tampoco había encontrado reportes tan precisos como los que nos ofrecieron posteriormente entrevistados como N.

Cuando terminaron las elecciones iniciamos un trabajo de actualización. Al incluir los datos de los reportes de campaña de todos los candidatos, y manteniendo una serie de supuestos que pueden encontrar en el texto completo, nuestro cálculo se actualizó y llegamos a un nuevo estimado: la cifra promedio ya no era de 15 a 1, sino de 25 a 1. ¡Por cada peso reportado en las campañas políticas había 25 escondidos! Esta cifra merece algunos matices ya que no puede ser aplicada a rajatabla a todas las campañas porque depende de muchas variables, como el tipo de competencia, los reportes de gastos de los adversarios, el tope de gastos fijado e incluso del resultado mismo de la elección, pero, puesta en comparación con testimonios tan transparentes como el relatado aquí (y reproducido en la versión actualizada del reporte que próximamente estará disponible como libro), da muestra de un fenómeno que no podemos ignorar.

Para muchos, la discusión sobre el sistema electoral y su fiscalización ya no es un tema relevante porque el resultado en las urnas les favoreció, mientras que para otros el desconcierto de la aplanadora de Morena los ha dejado tan descompuestos que el tema está en la última de sus prioridades. Pero eso no hace que el elefante no esté en el cuarto. No podemos quitar el dedo del renglón: nuestro sistema electoral está lejos de ser perfecto y el dinero ilegal es uno de los mayores cánceres que ha venido carcomiendo sus cimientos, sin importar el partido, la ubicación o el orden de gobierno. Sentarnos a creer que el problema va a desaparecer con buena voluntad y sin hacer cambios de fondo en las reglas del juego es una ilusión que no podemos permitirnos porque el poder corruptor del dinero ilegal seguirá ahí. Si no combatimos la impunidad con la que éste corre en las elecciones (y mucho antes de ellas), de poco van a servirnos las transformaciones que estén por delante.

 

Leonardo Núñez González
Investigador de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad. Twitter: @leonugo.