Alexis de Tocqueville1 veía la existencia de ciudadanos virtuosos (es decir, con valores cívicos) como una de las raíces de la prosperidad de la democracia americana. Se trataba de aquellos ciudadanos que entendían que su bienestar individual dependía del éxito general y que, por lo tanto, a veces era necesario sacrificarse para cooperar con el resto. El principio de “interés propio bien entendido” no dista tanto de lo que hoy llamaríamos “normas de cooperación”: aquellos valores que los ciudadanos tenemos incorporados y que guían nuestro comportamiento en sociedad, que nos hacen cooperar con aquellos que no conocemos y reprobar las actitudes de los ciudadanos cuyo comportamiento nos parece antisocial, que nos hacen ser recíprocos y también ser confiados. Tal como a Tocqueville, debería importarnos que nuestros ciudadanos sean más “cívicos” porque las sociedades en las que los individuos tienen más arraigadas estas normas suelen ser más desarrolladas, más prósperas y más democráticas.
Ilustración: Patricio Betteo
Un valor crucial —tal vez el valor cívico por excelencia— es la honestidad. La honestidad de los ciudadanos no sólo es importante en sí misma. Es una norma que sirve para facilitar la cooperación impersonal y, por lo tanto, los intercambios mutuamente beneficiosos entre individuos. La honestidad nos sirve para resolver los problemas de acción colectiva característicos de la vida en sociedad. Cuando me comporto de forma deshonesta —cuando evado impuestos o no pago la tarifa del metro— no sólo afecto el bienestar de otros ciudadanos, sino el bienestar general.
En México, las normas sociales vinculadas a la honestidad están deterioradas. Según la última edición de la World Values Survey, sólo un cuarto de la población mexicana considera que “nunca es justificable” pedir un beneficio social al gobierno cuando al ciudadano no le corresponde: un acto de completa deshonestidad. La mitad, o menos, que lo registrado en países tan diversos como Estados Unidos (52 %) o Brasil (66 %). No se trata de un caso particular: el resultado no es muy diferente cuando la pregunta, en vez de referirse a beneficios injustificados del gobierno, se refiere a evadir impuestos o evitar pagar la tarifa del transporte público. La contracara de estos valores se refleja en la falta de confianza interpersonal: en México, casi nadie está dispuesto a confiar en desconocidos.
¿Por qué será que México desarrolló ese tipo de normas y Estados Unidos, por ejemplo, no? Una respuesta exhaustiva rebasaría la extensión esperable para este artículo (y, posiblemente, los conocimientos de quien lo escribe). Pero existen algunos elementos para defender una de las tantas hipótesis. Los ciudadanos aprenden las normas sociales a través del ejemplo de sus líderes: gobiernos corruptos generan ciudadanos deshonestos.
Nótese que esto no quiere decir que lo opuesto no sea cierto. Posiblemente, ciudadanos deshonestos terminen convirtiéndose en políticos corruptos, lo cual agudiza el problema de base: la corrupción es un círculo vicioso, un mecanismo de autorrefuerzo constante. La corrupción viene con su propio efecto multiplicador.
El poder del ejemplo
La hipótesis de la corrupción por imitación, que parece muy razonable e intuitiva, tiene incluso bases teóricas sólidas. Acemoglu y Jackson (2015)2 lo modelan de forma clara: muchas veces las señales sobre las normas sociales que perciben los ciudadanos son confusas. En tal caso, el comportamiento de los líderes prominentes —aquellos que son más visibles que el resto— nos da una idea sobre qué es lo socialmente aceptado —la “norma social”—y qué no.
¿Cómo sabe un ciudadano cualquiera que mentir está mal, que evadir impuestos no es una idea aceptada por nuestros pares, o que la tarifa del transporte público se tiene que pagar aun cuando nadie esté mirando? No lo sabe, lo aprende. Observa cómo se comportan sus pares y cómo se comportan sus líderes; aprende lo que es aceptable y lo que no lo es. Esta idea no es nueva ni es propia de economistas; una larga tradición en las teorías del aprendizaje social (Bandura,3 Akers4) nos dice que los humanos actuamos (bien o mal) por imitación. Así, los líderes nos guían no sólo a través de sus políticas, sino a través de sus acciones.
Si bien esta teoría es atractiva, contrastar su validez con la realidad no es nada fácil. Claro que ciudadanos deshonestos suelen vivir en países (o ciudades) en donde los gobiernos son corruptos. Es algo fácilmente verificable y que sabemos desde hace algún tiempo.5 Sin embargo, esta correlación puede esconder diferentes relaciones de causalidad. Podría pasar que ciudadanos deshonestos decidieran elegir gobernantes parecidos a ellos —así, la dirección de la causalidad iría desde los ciudadanos hasta los gobernantes—. O bien, uno podría pensar que se trata simplemente de una cuestión de probabilidades: en una sociedad en donde los individuos son mayoritariamente corruptos, una selección aleatoria de ciudadanos que serán políticos terminaría arrojando gobernantes corruptos con una probabilidad muy alta. O tal vez la causalidad va en la dirección que sugieren las teorías de aprendizaje social: gobiernos corruptos son un ejemplo para los ciudadanos deshonestos.
En un trabajo reciente (Ajzenman, 2021), muestro que esta teoría tiene un sustento empírico y una interpretación causal: la corrupción genera corrupción. Para el análisis, utilicé datos objetivos —es decir, no autopercibidos, sino datos de comportamiento real— que, por un lado, cuantifican una dimensión de la corrupción del gobierno; y, por el otro, una medida de deshonestidad ciudadana —también objetiva— en México.
Para medir corrupción, tomé datos muy utilizados en la literatura de economía y ciencia política:6 los resultados de las auditorías a gobiernos locales que realiza cada año la Auditoría Superior de la Federación. De manera más específica, utilicé el porcentaje del fondo aplicado a partidas no autorizadas en cada municipio, cada año, como medida continua de corrupción.
Medir la “deshonestidad” de los ciudadanos es aún más desafiante, especialmente si lo que buscamos es una medida real de comportamiento y no solamente de valores o percepciones. Siguiendo la línea de otros trabajos académicos, utilicé datos de trampas —cheating— de estudiantes de nivel secundario en las pruebas estandarizadas ENLACE.
Sin entrar en detalles metodológicos, los resultados son claros: antes de que la corrupción de un presidente municipal se haga pública, los estudiantes de dicho municipio no son ni más ni menos deshonestos que otros. En el momento en que la corrupción sale a la luz (dos años después de ocurrida, que es el tiempo que tardan las auditorías en publicarse), la deshonestidad de los alumnos secundarios, medida a través de su tasa de cheating, da un salto significativo, que persiste al menos por un par de años. Como si los estudiantes “aprendieran” que ser corrupto está bien y actuaran por imitación.
La transmisión de los valores
El lector más curioso se preguntará, atinadamente, cómo pasamos del gobierno desviando fondos a un estudiante haciendo trampa. El primer paso para aprender del mal ejemplo es enterarse de que existe. En mi trabajo, muestro que el efecto es notablemente mayor en aquellos municipios en donde hay una mayor penetración de medios locales. Allí donde la transmisión de las noticias es menos fluida, el aprendizaje es menor. Siendo que los medios locales suelen jugar un rol fundamental en la transmisión de valores, este resultado es esperable.
El segundo paso para aprender del mal ejemplo es sorprenderse. Veamos: imagine que su presidente municipal ya ha estado varias veces preso por corrupción en el pasado. Imagine ahora que se publican las auditorías de gasto de su gobierno actual y muestran que ha desviado 80 % de los fondos hacia actividades no contempladas por la ley. ¿Aprendimos algo sobre las normas de honestidad de nuestro gobierno o, más genéricamente, de nuestra sociedad? Posiblemente no. El desde siempre públicamente corrupto presidente municipal cometió un nuevo acto de corrupción, tal como se esperaba. Nada bueno esperábamos de él y nada bueno hizo. ¿Por qué cambiaríamos nuestras percepciones en función de un hecho que no nos provee de ninguna información novedosa?
Mi artículo muestra que la corrupción de gobierno induce un comportamiento deshonesto entre los individuos solamente cuando el gobierno corrupto pertenece a un partido que es percibido, al menos en el estado en cuestión, como un partido relativamente honesto. Es decir, el aprendizaje social se da cuando hay alguna información nueva de la cual aprender. Al contrario, cuando la corrupción fue perpetrada por el sospechoso de siempre, no hay aprendizaje y por lo tanto no hay cambio de comportamiento.
El tercer paso para aprender del mal ejemplo es actualizar nuestros valores o creencias sobre “lo que está bien”: revisar nuestras percepciones sobre las normas sociales. Si los ciudadanos se comportaron de forma más corrupta luego de un proceso de aprendizaje social, eso debería verse reflejado en sus valores respecto de las normas de honestidad en la sociedad en la que viven. Esperamos no sólo que los individuos hagan más trampa, sino que consideren que hacer trampa está bien. Usando datos de la Mexican Life Survey, muestro que, efectivamente, la corrupción no sólo indujo a los ciudadanos a actuar de forma más deshonesta, sino que también afecta su formación de valores y creencias sobre qué acciones están bien y cuáles están mal, cuáles son aceptables y cuáles no lo son.
Por ejemplo, luego de conocerse los hechos de corrupción, los individuos que vivían en municipios con líderes corruptos comenzaron a considerar mucho más frecuentemente que “para progresar en la vida, hay que hacer trampa”, o que “las leyes fueron hechas para romperse”. No sólo eso, sino que también manifestaron tener menos reparos en realizar acciones que suelen considerarse inaceptables e inmorales, como robar electricidad. Los ciudadanos incorporaron una serie de valores y actitudes fuertemente asociados con normas sociales deshonestas.
Los buenos líderes y la cultura
A esta altura, decir que la corrupción es mala es una obviedad. Se desperdician recursos del gobierno, genera ineficiencias en la asignación del gasto privado, tiene consecuencias sobre la provisión de bienes públicos de calidad (tales como la educación) y, posiblemente, hasta afecte al crecimiento de los países. Los costos de la corrupción son muchos, incluso suelen cuantificarse considerando todos estos efectos materiales, directos o indirectos.
El objetivo de mi trabajo es mostrar que, en realidad, el problema es mucho más grave de lo que pensamos y los costos son mucho más altos que lo que generalmente estimamos. En primer lugar, porque la corrupción tiene un efecto multiplicador. Todos aquellos potenciales efectos perniciosos de la corrupción que describí antes, representan solamente impactos de primer orden. En segundo lugar, y tal vez aún más importante, porque la corrupción termina erosionando un pilar crucial de cualquier democracia: los valores y normas sociales básicas que hacen que las sociedades tengan ciudadanos más cívicos, más cooperativos y más virtuosos.
Termino con otra obviedad: el comportamiento de los líderes importa. Pero importa en un sentido que excede lo meramente transaccional. Sí, buenos líderes consiguen implementar buenas políticas. Pero eso no es suficiente: los líderes gobiernan también con sus palabras y con sus acciones. “Liderar con el ejemplo” no es una frase vacía: los ejemplos inducen cambios de comportamiento entre los individuos y, más importante aún, en los valores y creencias que en última instancia forman la cultura cívica de una sociedad. Si queremos tener ciudadanos más cooperativos o, siguiendo la pluma de Tocqueville, más virtuosos, serán necesarios líderes que estén a la altura.
Nicolás Ajzenman
Profesor asistente en la Escuela de Economía de Sao Paulo e investigador afiliado del Instituto de Economía del trabajo IZA.
1 De Toqueville, A. (1835). Democracy in America. New York: A Mentor Book from New American Library.
2 Acemoglu, D. y Jackson, M. O. (2015). History, expectations, and leadership in the evolution of social norms. The Review of Economic Studies, 82(2), 423-456.
3 Bandura, Albert y Richard H. Walters. 1977. Social learning theory. Vol. 1, Prentice-hall Englewood Cliffs, NJ.
4 Akers, Ronald L., Marvin D Krohn, Lonn Lanza-Kaduce y Marcia Radosevich.
5 Gächter, S. y Schulz, J. F. (2016). “Intrinsic honesty and the prevalence of rule violations across societies”. Nature, 531(7595), 496-499.
6 Larreguy, H., Marshall, J. y Snyder Jr, J. M. (2020). “Publicising Malfeasance: When the Local Media Structure Facilitates Electoral Accountability in Mexico”. The Economic Journal, 130(631), 2291-2327.
