A mi prima le encanta contar una historia de cuando su hijo tenía 5 o 6 años y estaba jugando fútbol en un partido de niños mexicanos contra estadunidenses. El árbitro pitó un penal o una falta contra su equipo y mi sobrino gritó: “¡Árbitro vendido!”. A pesar de la traducción, los gringos seguían sin entender –¿Cómo que vendido? ¿Quién lo compraría? ¿Por qué?–. Por el otro lado, mi sobrino no entendía las preguntas. A mi prima todo se le hacía muy chistoso. Para su hijo, el concepto de corrupción era tan natural y obvio que no hacía falta explicar; para sus amigos estadunidenses, era tan ajeno que no les entraba en la cabeza que algo así pudiese pasar.
Cuento la historia no para sugerir que en Estados Unidos la corrupción sea tan excepcional que la gente no cree que suceda; tampoco para dar a entender que en México la corrupción es innata o cultural. Lo hago porque muestra cómo, en nuestro país, la corrupción es un tema que hemos internalizado, mientras que, por más que ocurra, le sigue siendo ajeno a muchos a los estadunidenses. En palabras del politólogo Michael Johnston, en Estados Unidos, “hemos permanecido obstinadamente desinteresados en la corrupción por generaciones enteras”.
La presidencia de Donald Trump podría cambiar esto en el futuro. Matthew Stephenson, profesor de derecho en Harvard, ha documentado todas las instancias de “corrupción y conflictos de interés en la administración de Trump”. Este documento ya rebasa las 35,000 palabras y describe cómo el presidente ha utilizado dinero público, tomado decisiones de política pública y permitido la compra de su voluntad con el único interés de beneficiar a su marca y sus empresas. Por si esto fuera poco, miembros de la familia Trump ocupan cargos públicos sin tener ni los méritos, ni la experiencia y ni siquiera la autorización para hacerlo.

Ilustración: Kathia Recio
Todo esto ha enriquecido a Trump y su familia: han vendido más de 100 millones de dólares en bienes raíces desde 2017, generado 41 millones de dólares de un hotel que usan dignatarios y empresarios para obtener favores de Trump y recibido préstamos de más de 500 millones de dólares de China para construcciones en Indonesia. Por su parte, Ivanka Trump ha registrado 16 marcas exclusivas en China que habían sido negadas antes de 2016.
El candidato que iba a “drenar el pantano” lo pobló con sus familiares y acólitos.
A pesar de todo lo que ha hecho, la corrupción de Trump no ha sido un tema importante de campaña. Biden no ha podido hacer que a la gente le importen las acciones de Trump porque el nivel de corrupción es tal que ya está normalizado. Es un poco como esa frase apócrifa de Stalin, “la muerte de una persona es una tragedia, la de millones es una estadística”; un fraude es un escándalo, cien no son ni una nota. Por eso, Biden se ha enfocado en mensajes más puntuales y contundentes, como la pandemia, por ejemplo.
Sin embargo, lo sorprendente es que Trump sí está tratando de hacer que la campaña se centre en la corrupción. No la suya, sino la supuesta corrupción de Joe Biden. Sin tener evidencia, porque esta no existe, Trump y su equipo han avanzado la teoría de que Joe Biden, siendo vicepresidente, se reunió con un ejecutivo de la empresa ucraniana Burisma, de la que su hijo Hunter era consejero. Según Trump, tras esta junta, Joe Biden abusó de su poder y amenazó con congelar un préstamo de mil millones de dólares para Ucrania si el gobierno no despedía a un fiscal, Victor Shokin, que estaba investigando a Burisma. Como en toda teoría de conspiración, la historia tiene elementos verídicos. Biden sí presionó a Ucrania para que despidieran a Shokin y Hunter Biden, fuera de su apellido, no tenía mucho que hacer en el consejo de Burisma. Sin embargo, el hoy candidato intervino para que despidieran al fiscal por corrupto; cuando lo hizo, Shokin ya había pausado la investigación contra Burisma. En realidad, la intervención del exvicepresidente atrajo de nuevo atención a estas investigaciones, pues era un esfuerzo multilateral para que Ucrania persiguiera los delitos de corrupción que Shokin había ignorado, incluyendo los de Burisma.
Desafortunadamente para Trump, la historia no ha sido ni propagada ni validada por la mayoría de los medios. El New York Post publicó la noticia, pero el New York Times luego reveló que varios periodistas del Post no quisieron firmar la nota porque carecía de evidencia. No obstante, como con la historia de los correos de Hillary Clinton, Trump vio que en el mundo del fake news, si tienes suficiente convicción para crear un mito, éste puede convertirse en realidad –o al menos ser lo suficientemente creíble para que 200,000 personas más voten por ti. Por eso lo sigue invocando. Y por eso apuesta a seguir hablando del supuesto escándalo del hijo de Biden.
Es por esto que al fin y al cabo la presidencia de Trump no despierta interés nacional en la corrupción. A pesar de todo, los estadounidenses no hablan más hoy de corrupción que hace cuatro años. Y, de la que sí hablan, no sucedió. Por un lado, existe evidencia de un patrón de conducta de enriquecimiento ilícito y corrupción sin precedentes en Estados Unidos; por el otro, hay un cuento que nadie puede corroborar. Es el segundo el que podría influir en la elección.
Pedro Gerson
Director de la clínica de migración en la facultad de derecho de Louisiana State University. Investiga sobre migración, crimen y corrupción.