La revocación en Oaxaca: entre el uso electoral y la herramienta ciudadana

Ilustración: Víctor Solís

La consulta pública de revocación de mandato realizada en Oaxaca en enero marcó un punto de inflexión en la discusión sobre los mecanismos de democracia directa en México. Más allá de la intensidad del debate coyuntural, el ejercicio merece ser analizado con distancia crítica, atendiendo tanto a su valor institucional como a sus límites estructurales. Oaxaca se convirtió en un caso de estudio relevante para comprender los alcances y las contradicciones de una figura que, aunque largamente demandada por grupos ciudadanos, aún enfrenta desafíos importantes para consolidarse como una herramienta democrática auténtica.

Desde una perspectiva histórica, no es menor el hecho de que Salomón Jara haya sido el primer gobernador en someterse a un ejercicio de revocación de mandato. Jara siguió a nivel estatal el antecedente federal impulsado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador durante su sexenio. Este acto inaugura un precedente político e institucional que difícilmente podrá ser ignorado por otros mandatarios locales. En ese sentido, la consulta oaxaqueña no solo tiene un valor simbólico, sino que introduce presión para que las entidades federativas armonicen sus marcos normativos con la reforma constitucional que incorporó la revocación de mandato como un derecho ciudadano.

Este primer elemento obliga a reconocer un aspecto positivo del ejercicio: la revocación de mandato deja de ser una abstracción normativa para convertirse en una práctica concreta. Durante años, organizaciones sociales, académicos y actores políticos insistieron en la necesidad de contar con mecanismos que permitieran a la ciudadanía evaluar y, en su caso, remover a gobernantes que perdieran legitimidad durante su mandato. Que hoy exista un antecedente operativo, con reglas claras y supervisión institucional, constituye un avance que no puede desestimarse.

Sin embargo, el análisis no estaría completo sin atender a la contradicción central que atraviesa este ejercicio. La revocación de mandato, en su concepción teórica, es un instrumento que debería emanar desde la ciudadanía organizada, como una expresión de control democrático sobre el poder. En el caso oaxaqueño, como antes ocurrió a nivel federal, la iniciativa y la promoción del proceso provinieron fundamentalmente del propio gobierno. Este hecho apunta a  una desnaturalización del espíritu original de la figura.

No obstante, conviene evitar lecturas simplistas. Los cambios institucionales rara vez surgen de manera espontánea desde la sociedad; suelen requerir impulsores con capacidad política, recursos y voluntad de implementación. En este caso, el gobierno actuó como motor del proceso, movido por intereses políticos legítimos como fortalecer su  credibilidad, construir una  narrativa democrática y ganar una mejor posición electoral. Reconocer estos intereses no implica descalificar el ejercicio, sino entenderlo desde una lógica de realismo político.

El problema no radica tanto en quién impulsó la consulta, sino en quiénes estuvieron ausentes. Uno de los rasgos más llamativos del proceso fue la escasa participación de la academia, de las organizaciones de la sociedad civil y de los partidos políticos de oposición. Esta ausencia resulta paradójica si se considera que la revocación de mandato fue, durante años, una demanda recurrente de estos mismos actores. Cuando finalmente se materializa, el acompañamiento crítico y técnico resultó limitado.

La literatura sobre democracia participativa advierte que los mecanismos de consulta solo fortalecen la vida democrática cuando están insertos en un ecosistema cívico activo, plural y deliberativo . Sin ese entramado social, los ejercicios corren el riesgo de convertirse en procedimientos formales con bajo impacto sustantivo. En Oaxaca, la consulta evidenció más bien una ciudadanía convocada, pero no necesariamente organizada.

A esto se suma otro elemento que merece atención: la lógica binaria de la boleta. Presentar al ciudadano una decisión reducida a dos opciones —continuidad o revocación— supone otorgarle una herramienta poderosa, pero también una responsabilidad compleja. El voto en estos ejercicios no siempre responde a evaluaciones racionales de desempeño gubernamental; intervienen factores emocionales, percepciones coyunturales, estados de ánimo colectivos e incluso dinámicas de aprobación o rechazo no necesariamente vinculadas al objeto de la consulta.

Estos aspectos han sido ampliamente discutidos en estudios sobre plebiscitarismo y democracia directa, que advierten sobre los riesgos de decisiones tomadas bajo climas emocionales o altamente polarizados (Como lo desarrolló Giovanni Sartori en Teoría de la democracia). La revocación de mandato no es inmune a estas dinámicas y por ello requiere contrapesos informativos, deliberativos y organizativos que hoy aún son débiles en el contexto local.

Pese a estas limitaciones, el balance general del ejercicio en Oaxaca puede considerarse mayoritariamente positivo. No porque haya sido perfecto, ni porque haya cumplido cabalmente con el ideal normativo de participación ciudadana, sino porque abre una puerta que antes estaba cerrada. La existencia de este precedente permite imaginar futuros ejercicios más robustos, impulsados esta vez desde la ciudadanía, acompañados por la academia y vigilados por organizaciones civiles.

De cara al futuro, el verdadero reto no es repetir consultas, sino mejorar su calidad democrática. Ello implica fortalecer la educación cívica, incentivar la organización social, generar marcos de deliberación pública y garantizar que la revocación de mandato sea una herramienta excepcional, no un recurso propagandístico ni un mecanismo de legitimación automática. Si Oaxaca logra transitar hacia ese escenario, su experiencia habrá aportado no sólo un antecedente, sino una lección relevante para el resto del país.

La revocación de mandato no debe entenderse como un juicio sumario ni como un simple ejercicio de popularidad. Es, o debería ser, un instrumento de control democrático que exige madurez institucional y responsabilidad ciudadana. La consulta en Oaxaca muestra tanto el potencial como las tensiones de esta figura. Ignorar cualquiera de sus dos caras sería un error analítico. Atenderlas ambas, en cambio, permite construir una discusión más honesta y útil para el fortalecimiento de la democracia mexicana.

Jorge Oropeza

Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Preside el Colegio de Profesionistas Compartir Conocimiento A.C.


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